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No me digas por qué, pero tenía yo desde niño la ilusión de conocer Liechtenstein. Será por el nombre raro, por las fotos de las verdes montañas a las que dicho nombre va siempre asociado, por el tema de la neutralidad y no tener ejército, por ser un paraíso fiscal, y quizás sobre todo por ser tan tan tan pequeño (es uno de los 6 microestados de Europa, por poner un ejemplo, su superficie es casi exactamente la misma que El Puerto de Santa María).
Pues suele suceder cuando las expectativas están tan altas: vaya desilusión. Sí, las montañas son muy bonitas y tal, pero poco más.
Pernoctamos en Vaduz, su capital (que yo no sabía que se llamaba así, pensaba que su nombre era el mismo que el del país), y nos pareció como muy sosa, sin interés apenas y sin vida alguna, aquello resultaba casi desolador. Y para colmo, su icónico castillo, estaba de obras y no permitían visitarlo. Lo único que me pareció destacable, de hecho me encantó, fue el Alte Rheinbrücke (Puente Viejo del Rin), el único de los 13 puentes de madera cubiertos que se construyeron en el Valle del Rin sobre 1860-70 que sigue en pie, y que une, peatonalmente, Liechtenstein con Suiza, pues además de ser precioso y pintoresco, me moló la tontada de pasar y regresar de un país a otro por ese puente-pasadizo.
¿Restaurantes? En Vaduz hay uno con una estrella pero no había sitio, qué raro, pues como digo no había nadie por la calle. Paseando vimos dos o tres abiertos, y el que más nos gustó, en el único que había algo de ambiente, entramos sobre la marcha, conseguimos sitio y cenamos.
Se trata de Altenbach Restaurant & Bar, un lugar muy cool, con un sofisticado pub interior, y la sala de restaurante en una terraza cubierta y acristalada que se adentra en la plaza principal, y que está muy bien acondicionada, elegante y desenfadada, con una iluminación intimista que me gustó mucho, con ese contraste con el atardecer liechtensteiniano (sí, jeje, lo he escrito bien, así es el gentilicio de este país y también el “relativo a”).
La carta era muy parca, con referencias más bien internacionales, y con precios, ya nos imaginábamos viniendo como veníamos de Suiza, elevadísimos.
Tomamos:
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• Bauernsalat
• Wiernerschtnitzel de ternera
• Helado de nata y chocolate
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Podríamos decir que sin pena ni gloria.
La bauernsalat era una apañada ensalada con un tipo local de tocino, setas de temporada y huevo, y la wiernerschtnitzel, pues eso, un schtnitzel de ternera, vamos, un filete empanado, un escalope, una cotoletta, una milanesa, un… Pero estaba bueno, no para tirar cohetes, pero bueno, y acompañado de unas patatas “clásicas”, no francesas, eran cocidas y desgajadas.
De beber, tuve la suerte de que el blanco más barato que había en la carta (esta carta sí era más amplia e interesante que la culinaria), fue el que más me interesaba, dada mi pasión por la variedad austríaca (país vecino) por excelencia, un Schlossberg Grüner Veltliner 2021 (65€, y como digo era el más barato). Bien servido. No defraudó.
Servicio sigiloso y sobrio.
En resumen, que si quitamos que estábamos en Liechtenstein, nada del otro jueves, y muy caro (bueno, es que si no estuviéramos en Liechtenstein, hubiéramos llamado a la guardia civil, o a la autoridad competente del lugar).
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