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Se trata del restaurante del hotel Pazo de Sober, un suntuoso hotel ubicado en un espacio rural, como a 1 km de la población más cercana, Sober (Lugo). El hotel rivaliza con el Parador de Monforte de Lemos por ser el top de la zona, y el restaurante con Berso. En cuanto a hotel, yo creo que gana claramente la contienda, no así en cuanto a restaurante, a mi juicio Berso conforma una propuesta más atractiva.
Doña Branca si por algo destaca es por su entorno interior y exterior. Tras traspasar la entrada del pazo, cercado por una muralla del siglo VII, y adéntrate en sus dominios, al acceder al restaurante te encuentras con una imponente sala, con aire de palacio medieval, con unos enormes ventanales en los grandes arcos de piedra que dan a un magnífico jardín inglés, y si aguzas la vista y miras más allá del límite visual del jardín, adivinas la inconfundible silueta alzada del Parador de Monforte.
En cuanto a la oferta culinaria, pues la verdad es que esperábamos más. No hay carta ni menú degustación, se trata de un sencillo menú compuesto por aperitivo, entrante, principal y postre. En entrante varía día a día, pero el resto permaneció invariable la semana que estuvimos, y se quedó corto, enseguida te cansas, pues únicamente puedes elegir entre 6 entrantes, 4 segundos y 4 postres.
La primera de las dos noches que cenamos en el hotel, decidimos pedir distinto cada uno y compartir, quedando del siguiente modo:
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– Ensalada de pulpo en vinagreta con alioli de pimentón picante
– Escabeche de mejillones en vinagre de vino godello
– Suprema de merluza a la plancha con espárragos trigueros asados y aceite de hierbas
– Secreto de “porco celta”, piquillos confitados y patata encebollada
– Cañitas rellenas de crema de vainilla
– Tarta de queso al horno con helado de limón
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El chef Román Da Costa desarrolla una buena cocina, pero pelín plana. Estoy seguro de que se adecúa a las exigencias de la dirección del hotel para eso de gustar a todo el mundo, se le adivinan maneras, se ve que puede dar mucho más de sí.
Parte de productos base gallegos y los actualiza moderadamente “modo hotel”. Raciones justitas.
El tema vinos también está encorsetado: no hay carta de vinos, bebes el vino que ellos te quieran dar. Por los 30 € que cuesta el menú, te entran las copas de vino que quieras beber (no sé si hay un límite) del vino que ellos proponen ese día, siempre de bodegas de Ribeira Sacra, más en concreto de la subzona de Amandi. Los dos días que cenamos nos tocó en suerte Algueira, qué bien oye, con lo que nos gusta, eso sí, eran los básicos de la adega: Algueira Brandán Godello 2020, y Algueira Mencía 2019. Y no me quejo, oye, los disfruté, me chifla Algueira.
La verdad es que cenar razonablemente bien por 30 € en ese entorno de ensueño… pues qué quieres que te diga, que merece la pena, pero si mejoraran la propuesta, podrían cobrar más sin problemas.
Sólo dan cenas, curioso, quizás por no perturbar a mediodía la paz monacal de la que disfrutan los huéspedes.
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