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Por recomendación de un taxista acudimos a este restaurante de Dubrovnic.
Ubicado en el mismo puerto viejo, con una gran terraza rústica sobre el mismo, a pie de barcos, tiene muchísimo encanto y tipismo. Hemos acertado, pensamos. Eeeeeeeeeerrror.
Estaba abarrotado, gran ambiente festivo, mesas y sillas pequeñas y viejas de madera, incómodo el tema, carta en muchos idiomas, entre ellos el castellano, que estuvimos mirando mientras nos tomábamos una jarra de pivo (cerveza en croata) que nos la habíamos ganado, y además era Ožujsko que es la que más nos gustaba.
Y pedimos lo que vimos que pedía todo el mundo: ollas de mejillones, de chipirones, boquerones marinados, risotto negro y queso de Pag.
Pues bien, lo único bueno, el queso (y el precio, que no era caro, en eso sí tenía razón el caaaa… del taxista). Ni el vino estaba decente, el único blanco malo que bebí en toda mi estancia.
Nada, no vale nada. Eso sí, el ambientillo, de los que quedan en el recuerdo, con la gente, los barcos, el mar, las murallas, el olor entremezclado de cocina y marea baja…
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