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RIVA TERRASSE
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Le tengo yo un cariño especial a Kosntanz (Constanza), esa preciosa y privilegiada ciudad alemana que es rabiosamente limítrofe con Suiza y casi con Austria, y que ejerce de capital del plurinacional y enorme lago (el tercero más grande de Europa Central) que lleva su mismo nombre.
Qué atmósfera de tranquilidad, de paz, de buena onda envuelve a Kosntanz, qué delicia pasear por sus calles. Pues esa atmósfera, se exponencia cuando cruzas al otro lado del lago, a la residencial zona de enfrente a la derecha, la más “noble” de Konstanz, llena de casonas y mansiones, y todavía más, si te sientas a comer o cenar en la terraza del restaurante del Hotel Riva (hotel, que además de este restaurante, tiene otro en la parte trasera, llamado Ophelia, al que le tengo muchas ganas, con dos estrellas Michelin).
En una hermosa y señorial villa Art Nouveau que data de 1909, con una terraza esplendorosa y elegante que casi descansa en la misma orilla del lago, nada más le separa un poco transitado paseo peatonal. Cené en esa terraza hace un año, y en este segundo viaje regresé al lugar del crimen, pero en esta ocasión a comer. No sabría decir qué momento es más delicioso, si el de la comida o el de la cena: más glamourosa quizás la cena, con esa acertada iluminación y ese sosiego chic; más endorfínica la comida, con esa temperatura ideal, y esa luz tan especial, los pajarillos…
La carta es escueta, pocas referencias que varían constantemente, yo creo que a diario, cocina clásica internacional con ciertos brochazos asiáticos.
En esta segunda visita comimos:
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• Lucioperca al curry con tirabeques, paprika y arroz jazmín
• Wiener schnitzel con arándanos, ensalada de patata y pepino
• Copa de helado con frutas de temporada
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Como en la ocasión anterior, aprecié una cocina limpia, precisa y sencilla, con cierto toque, basada en producto de calidad, que arroja como resultados platos gustosos que te satisfacen.
Volví a tomar lucioperca, como en la ocasión anterior, pues recordaba que me encantó, y volvió a hacerlo: si la primera vez fue al vapor, ésta fue al curry, acompañado de tirabeques, paprika y arroz jazmín, un gran curry con un productazo local fresco a rabiar, la lucioperca del lago de Konstanz, ¡bravo por los productos de proximidad!
Y el schnitzel, pues top, no puedes pedirle más, estupenda carne de vacuno con un empanado de manual vienés. Muy curiosa la guarnición de con arándanos ligeramente confitados, ese rollo ácido-dulce tenía su aquél acompañando la carne.
La carta de vinos es de primer nivel, tanto en variedad como en referencias, muchas de ellas alemanas, cómo no, pero también de otros países. Para que os hagáis una idea, en el apartade de tintos españoles, tenían, y además varias añadas, de Aaltos, Vegasicilias, Rodas, Mauros, Fincas Dolfis, Clos Erasmus, Ezspectacles, Pintias y Volts. Yo tenía que conducir, así que como disponían de una interesantísima oferta de vinos por copas, seguí mi costumbre de tomarme una copa de tinto local y una de blanco local, que al final fueron dos y dos, pues puedes pedir varios tamaños de copa (100 – 200 – 500 ml), y pedí las de 200, que son como dos copitas justitas. Te lo presentan en una bonita frasca-decantador, con copas de alta gama, a perfecta temperatura. El fallo, gran fallo, es que te traen directamente la frasca, no ves cómo te lo sirven, una pena, porque el resto del servicio del vino es excelente. Disfruté, siendo fiel como digo a mis principios, de vinos locales, el blanco fue una grauburgunder, y el tinto una spätburgunder, ambos del lago o alrededores:
– Weingut Aufricht Grauburgunder Alte Reben 2021 (Meersburg / Stetten)
– Hornstein am See Spätburgunder 2020 (Nonnenhorn)
La experiencia la redondea un servicio estupendo, que marca la distancia reglamentaria en este tipo de establecimientos, hasta que ven que tú quieres otra cosa, saben empatizar.
Y el precio… con los sustos que nos metieron tanto en Suiza como en Liechtenstein, casi nos pareció hasta barato. Alemania no está ni de cerca en el nivel de precios de estos dos países vecinos citados, y eso que Konstanz es una localidad fronteriza con Suiza.
Muy bien, y muuuuuuy a gustico, en este caso la Michelin acierta con su recomendación. Pese a que su cocina, siendo tan sólida como he comentado, no sea algo destacable como para sacarla en guías, la experiencia global sí lo es, con esa mansión singular, ese lago de ensueño, ese interior art Nouveau, esa carta de vinos, ese servicio, esa terraza embriagadora…
Ojalá se cumpla aquello de “no hay dos sin tres”.
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