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Buscaba un lugar en el que acodarme en barra. Un lugar normal, en el que raro fuera yo. Que no es tan sencillo, porque coincidió que llegué a la localidad en sus fiestas patronales, y que al fin y a la postre es un lugar turístico. Y es lo que soy, lo que somos, pero vaya, busco otros lugares. No me apete la oferta habitual que también se ofrecía a pie de puerto, mucho barullo por las fiestas… Ir re-buscando, mirar, ver movimientos, dinámicas… Un par de intentos fallidos… y esperaba que fuera bien este tercer lugar.
Y sí. Muy ligeramente apartado del bullicio, más pequeño, pero ves ahí un cierto movimiento que invita a ir. Y tiro pa’dentro, aunque hay terraza, y les extraña que les pregunte si puedo ponerme en la barra, que soy muy de barra, que tengo hasta carnet, que estoy federao en barra. Y me insisten, muy amablemente, en que quizá estaría más cómodo en una mesa. Fuera o dentro, como quisiera, pero que estaría más cómodo. Les extrañó mi insistencia en esa, mi comodidad. Y es que me pareció claro que ese lugar era el mejor para comprender el lugar. El lugar que buscaba. Lugar en que caen tipos como yo, algún turista más aventurero, y al que le explican cómo se comen esos bichos raros que damos en llamar percebes. Y ellos flipan con que se puedan tirar 20 minutos pelando percebes, que no tiene pa’tanta historia 😀 Me permite ver como es un lugar de paisanaje local, que tienen la confianza de entrar dentro y pedir cosas concretas que tienen prisa porque marchan a otro asunto, o porque ya vienen cansados de la faena del día. Y que se llaman por su nombre y hay complicidad de parroquia. Y se cuentan el día, y la vida. Y mola. Y por eso quería estar en la barra. ¿Para cotillear? No. Para comprender.
Y son tres. Quien atiende la terraza, la barra conectando lo que sale y lo que entra, y la cocina, que va a todo trapo. Y todo al momento. Todo lo que sale de la cocina, al momento. Eso que levantando el meñique dicen los chefes “à la minute”, pues aquí del tirón. Ritmo muy alto.
Ves salir raciones sin pausa. Ves salir navajas, hasta que no. Y dicen que ya no quedan navajas, pero quedan longueirones. Y así lo comunican a los clientes. De forma natural te dicen que ya no les quedan más navajas y sí longueirones. Y a mi eso me flipó muchito. Marchan y marchan percebes. Recién hechos. Humean todo y más.
Soy barrial. Voy de corto y al pie, y a mi lo que me encantan son los proletarios mejillones al vapor. Les pregunto si pueden marchar una de idem. Me dicen que por supuesto. Van a cocina. Están hasta arriba y encolando comandas porque van a todo el ritmo que pueden, que si puedo esperar 10 minutos. Pues claro que puedo esperar. Con otra cerveza se espera bien. Y llegaron unos excelentes mejillones. Excelentes. Gordotes, carnosos, la mar salada en deliciosa tibieza.
La factura en este lugar de sincera felicidad fueron unos 10 EUR (mejillones + 2 cerves). Iría ahora mismo.
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